Armonías de Werckmeister: ruina y desesperanza

Se desvelan detalles importantes de la trama.

Armonías de Werckmeister (Béla Tarr, 2000) es una libre adaptación de la novela La melancolía de la resistencia (László Krasznahorkai, 1989), y está ambientada en un remoto lugar de Hungría, en una época que desconocemos. Los habitantes se muestran inquietos por la llegada de un circo ambulante, liderado por un misterioso personaje llamado El Príncipe, y que tiene como principal reclamo el cadáver de la ballena más grande del mundo. Dicha atracción llega a esta localidad en medio de un clima de crisis, nerviosismo e incertidumbre. La población espera que ocurra algo malo, y la llegada del circo consigue acrecentar esta sensación.

A través de los personajes

El espectador es testigo de todo mediante los inocentes y bondadosos ojos del joven János Valuska (Lars Rudolph), que es presentado en la escena inicial del filme a través de un largo plano secuencia, donde vemos cómo representa –por medio de algunos hombres ebrios que se encuentran en el bar– el funcionamiento del cosmos y el movimiento del planeta Tierra; es interesante la contraposición que se hace de lo divino (cosmos) y lo terrenal (taberna, borrachos). Resulta curioso que, entre otras cosas, explique cómo se produce un eclipse solar, pues cuando abandona el bar e inicia su caminata, el ambiente evoca al de un eclipse –como se puede observar en el fotograma que acompaña al título de este artículo–. Si nos remontamos al pensamiento medieval, un eclipse solar era señal de mal augurio que precedía graves calamidades, guerras y pestes. De alguna manera, esta secuencia anticipa la atmósfera funesta que vamos a presenciar durante todo el filme.

Volviendo a János, pronto nos damos cuenta de que es un muchacho que vive en otra realidad –su mundo interior–, que sueña con un mundo mejor y que permanece ajeno a la situación que se respira en la ciudad. Un personaje que para algunos es manipulable, un instrumento, y para otros es la bondad hecha carne; su principal apoyo y guía.

Existen dos personajes que intensifican este ambiente malsano que habita en el anónimo municipio. Por un lado, el ya mencionado Príncipe que, según la rumorología que azota el lugar, arrastra –o adoctrina, más bien–  a seguidores de otras regiones para sembrar el caos y la destrucción, como se puede ver en la plaza en la que se aposta el circo ambulante, habitada por una inquietante multitud. A pesar de que solo aparece una vez por medio de su sombra –elemento negativo por antonomasia–, es un personaje que goza de cierta omnipresencia, ya que su violento y revolucionario espíritu influencia al de sus seguidores. El Príncipe es un símbolo del caos que promueve la destrucción y el rencor de esta masa de fanáticos, y que tendrá su ebullición y su reflejo en una de las secuencias más relevantes del filme, que se comentará más adelante.

Armonias de Werckmeister (2000)
Primera aparición del enigmático Príncipe.

Por otro lado, tenemos a Tünde Eszter (Hanna Schygulla), exmujer de György Eszter (Peter Fitz) –un musicólogo e intelectual aislado del mundo que necesita de los cuidados de János–, y que representa el lado opuesto –orden civil y militar– del Príncipe. Tünde pretende utilizar al inocente János en su maquiavélico plan, que comparte con el jefe de policía, para hacerse con el control de la ciudad y restablecer el orden. Este plan requiere fondos y sabe que su exmarido, el señor Eszter, tiene los contactos y la influencia para conseguirlos. Por tanto, utiliza a János para que lleve una lista con los nombres de las personas adecuadas al señor Eszter, así como una maleta con sus cosas, a modo de amenaza y chantaje: si el señor Eszter no coopera, ella volverá a vivir con él. Resulta fascinante cómo Tarr consigue dotar de negatividad a una simple maleta.

Cabe destacar la manera en la que Tarr presenta a la señora Eszter: el cineasta rompe por primera y única vez un plano secuencia. A lo largo de la película, las escenas, por muy largas que sean, están rodadas en un único plano secuencia, pero aquí –escena que comienza con János volviendo a casa y preparándose algo para comer–, el plano secuencia se ve interrumpido por la llegada de Tünde a la casa del joven protagonista. Mientras János come escuchamos cómo se abre la puerta y vemos cómo una oscura sombra se proyecta al lado del joven. A continuación, el plano se corta abruptamente para pasar a un contraplano que nos muestra la figura de la señora Eszter en el umbral de la puerta. La mujer avanza hacia la cámara con cierta altanería, así como la cámara y el propio János avanzan hacia ella, pasando de un plano general a un primer plano de ella. Desconocemos al personaje, pero esta presentación evidencia que va a suponer una amenaza –su mirada soberbia y su sonrisa casi diabólica remarcan esto–. Con una asombrosa economía de medios, Tarr desestabiliza la unidad formal que domina toda la película para introducir el elemento que trastocará las vidas de János y el señor Eszter: el cómo está fuertemente ligado al qué.

Reseña Armonias de Werckmeister
La señora Eszter llega a la casa de János.

Si seguimos ahondando en los personajes, podemos establecer cierta conexión entre el señor Eszter y la ballena, ya que ambos son utilizados por la señora Eszter y El Príncipe respectivamente para conseguir sus terribles planes. Dicha conexión se ve remarcada y reflejada al final de la película, consumada ya la tempestad de violencia, cuando el señor Eszter va a la plaza, ahora vacía, para observar de cerca a la inmensa ballena, cuyo cadáver, solo arropado ahora por la bruma y el frío, se encuentra fuera del remolque que lo había cobijado durante todo el filme. El señor Eszter observa el ojo de la ballena, materializándose así el vínculo indirecto que se ha forjado durante la película. Una mirada que simboliza también la desesperanza y el fracaso, que a su vez, golpea fuerte al espectador que ha conseguido estar involucrado emocionalmente con la experiencia que supone ver Armonías de Werckmeister.

Filmografia Bela Tarr
El señor Eszter va a la plaza y contempla el cadáver de la ballena.

El tiempo y su dilatación

El cine de Béla Tarr es, de alguna manera, exigente y requiere cierto compromiso, ya que sus largas y pausadas secuencias pueden ahuyentar a un espectador que se acerca por primera vez a su cine. De hecho, su particular estilo le ha granjeado cierta fama de pedante, fraude e incluso onanista entre algunas personas. No obstante, el cineasta húngaro ha contado con el respaldo de la crítica y con el de la gran mayoría de los cinéfilos que han decidido asomarse a su filmografía. Al parecer, no hay medias tintas con Tarr: o te parece un enorme cineasta –sin duda, la idea más extendida– o un impostor.

De este modo, y pasando a comentar lo que espanta a algunos, la extensión del tiempo es un recurso intrínseco e imprescindible en el cine de Béla Tarr, que muestra una habilidad asombrosa para trasladar al espectador a través del lento y apesadumbrado transcurso del tiempo de sus películas. Por medio de ingrávidos planos secuencia acompañamos a los personajes en sus solitarias, sombrías y largas caminatas, forjando así una experiencia física para el espectador y provocando que incluso los objetos tengan presencia actoral.

En Armonías de Werckmeister hay muchas escenas que ejemplifican esto, pero vamos a detenernos en la que podría considerarse una de las secuencias clave del filme, en la que se desata el caos y la violencia que se han estado cocinando durante toda la película. Los seguidores del Príncipe, bañados por un contrastado blanco y negro, marchan por la noche en forma de masa uniforme, como un instrumento físico del malvado extranjero. Tarr filma esta expedición con un plano secuencia de cuatro minutos, en los que solo vemos inexpresivos rostros anónimos y escuchamos los pasos agitados de los autómatas sin identidad. Cuando llegan al hospital, se introduce un corte y da comienzo otro plano secuencia –de ocho minutos–, en el que el cineasta, con ceremoniosos movimientos de cámara, nos muestra cómo la violenta muchedumbre siembra el pánico en el hospital. Un caos que cesa cuando se encuentran a un indefenso anciano –desnudo, para incrementar esa fragilidad–, de pie dentro de una bañera. La multitud se frena, por primera vez dejan de ser autómatas; un ápice de humanidad y solidaridad parece aflorar en su interior, haciendo que abandonen el hospital. Sin embargo, la secuencia no se corta y se detiene en una esquina bañada de negrura, de la que emerge el abatido rostro de János, que ha presenciado lo ocurrido.

Espacio Filmico Armonias de Werckmeister
János tras observar el caos producido en el hospital.

Apuntes finales

Uno de los aspectos que otorgan al cine una especie de aureola mágica es su capacidad para moldear algo tan aparentemente inmoldeable como es el tiempo. Así pues, en Armonías de Werckmeister se subraya la idea de tiempo como percutor del espíritu y del ánimo de los personajes, así como del propio entorno. De esta manera, la decadencia y la desesperanza se hacen más tangibles para el espectador. La voluntad de Béla Tarr para dilatar el tiempo pretende dar protagonismo a la continuidad como elemento generador de la máxima tensión y atención en el espectador. De la misma forma, considera la película como un proceso de construcción casi psicológica de una realidad en la que todo tiene una importancia vital, por lo que todo lo que la cámara capta es importante.

El artista húngaro, a través de medios realmente asequibles, busca transmitir ideas complejas y brillantes y muestra un mundo teñido de desesperanza y en incipiente ruina. Su cine, de fuerte carácter naturalista –siempre he preferido este término al de realista–, demuestra cierta preocupación por –entender– la condición del ser humano y sus cuestiones más radicales, y lo plasma en una refinada puesta en escena. Planos largos en los que cámara y personajes ejecutan planificadas y complejas coreografías; el hermoso blanco y negro de su fotografía, a veces muy contrastado –lo cual establece un interesante equilibrio entre naturalismo y artificio–; o la utilización del sonido, sobre todo ambiental –su uso daría para un artículo aparte–, así como la inseparable música de Mihály Víg. Todos ellos elementos que otorgan a su cine una naturaleza tremendamente inmersiva, magnética, que convierten el visionado de sus películas en auténticas experiencias reveladoras.

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